¿Te ha dado curiosidad?
Weno, la verdad es que lo he puesto fácil para entrar en esta página. Antes de empezar, quiero decir que esto no es más que un cachito de mi diálogo interno que pongo a compartir para quienes queráis leerlo, no es ni mucho menos indispensable que lo leáis pero sí tenía que ponerlo en algún lugar. Vamos por partes:
Blanca Navidad
No quiero ser una turras, pero permíteme que meta aquí mi espacio publicitario mental. (También puedes usar mi menú que te lo he puesto ahí abajito al lado del pulgar para que pinches y ¡fium! te lleve al siguiente apartado)
Ya lo he comentado con algunas: no entiendo la navidad. Desde que tengo recuerdos de ser yo misma, la navidad era navidad porque comíamos (muchísimo) en familia y de pronto había regalos. Mucho mejor que hacer la comunión, porque no había que recitar el credo, ni tenía que tirarme a la piscina para poder quitarme ese vestido que me picaba tantísimo. Era una ocasión anual donde vernos todas juntas, y casi el único momento del año en el que subíamos a Valladolid a pasar frío y comer croquetas. La familia, las vacaciones y los regalos eran navidad.
Con los años esa certeza se fue difuminando, claro. Ya no había un Papá Noel Mágico que una vez nos sorprendió cenando en el club, con ese paté de sardinas portugués y un ho ho ho profundo. Tampoco significaba mucho el cubo de agua para los camellos o las tres copitas de vino que mi madre seguía marcando, pese a que no conozco a ningún señor barbudo, religioso y antiguo que lleve carmín. Pero sí seguíamos reuniéndonos juntas. La vida y crecer, ¿no?
Ahora bien, si me preguntas cuándo se cena, se come o nos damos los regalos… tengo que sacar el calendario. No tengo la más mínima idea de qué fechas y cómo se llaman y cuándo empieza y cuándo acaba. Es como leer un reloj analógico: imposible. Yo os he ido siguiendo el ritmo y con eso me quedo contenta porque no lo quiero para nada más.
Pero conforme voy abriendo la mirilla y el círculo se hace más grande… ya sí que no entiendo la navidad. Comenzamos casi con el Black Friday, a final de noviembre y coincidiendo con el día de acción de gracias que nada tiene que ver con nosotros. Como tema candente del momento, tendré que decir que por lo menos no nos sacamos la fecha de la manga, y empezamos el 1 de octubre como el pueblo venezolano. Pero sí que parece que cada año la navidad llega un pelín antes, con los anuncios y las empresas con ganas de vendernos hasta los órganos de sus trabajadores si se lo pedimos con una buena billetera.
Si nos olvidamos un poco de los saturnales y aceptamos que el catolicismo hegemónico los reinventó para ponernos a un rechoncho y blanco Jesús en un pesebre, ¿qué nos queda?
Si no es religión y no es familia… ¿es regalos? ¿Compras? ¿Dinero? ¡Ahhhh!
No es sólo la navidad, es el mundo que hemos elegido socialmente. A veces me levanto con mi dolor de cabeza y le pregunto al aire si no había otra forma de progresar. No espero que mis ancestros me respondan, pero a veces me gustaría tener unas estatuillas como Mulán para que me explicasen su razonamiento. No sabría muy bien cómo explicarles que, gracias a esa serie de decisiones, una empresa que comenzó vendiendo agua espesa de cocaína está gastando recursos en generar con IA unos anuncios sobre un gordo narizón vestido de rojo que envía camiones navideños a nuestras casas, iluminando nuestras ciudades y corazones por el camino. Y agárrate si les tengo que explicar que ese mismo personajillo es San Nicolás.
Creo que ya entiendes de sobra por dónde voy, así que pararé antes de comenzar a hablar sobre la ética de este modelo de vida que nos ha tocado vivir. Mejor te cuento sobre la libretilla.
La Libreta
He aquí mis manos y he aquí tu regalo. No puedo hacer gran cosa para combatir el espíritu de la navidad empresarial, pero por lo menos me he ahorrado alguna cola y bastantes multitudes. No porque la mitad de los materiales me los haya traído a mi puerta Mr. Amazon, sino porque ha salido de mi cerebro y ahora lo tienes en la mano. De mi casa al plato, o algo así.
Este último año he intentado sacar adelante una idea que, por falta de tiempo e infraestructura, no ha llegado a ver del todo la luz. Pero nace del mismo rincón de mi cerebro que estas libretas. El mismo rincón que me grita incansable que tiene que haber otra manera de vivir y consumir.
Creo que tenemos que recuperar nuestras manos y nuestro tiempo. La creatividad es sólo la forma que más fácil me parece, pero la idea de base es muy simple: no quiero vivir en un mundo de personas sin curiosidad. Egoístamente, quiero enseñar a hacer cosas que damos por hechas y, alejándome del mindfulness que a mí no me va nada, crear un espacio donde cada una de nosotras pueda expresarse y construir con las manos. Que nos sirven más que para teclear en el móvil o trabajar. Son nuestras manos y deben trabajar para nuestro disfrute.
Llevo unos años aprendiendo a coser libros, he hecho diferentes talleres y cursos, pero el que más me enseñó fue uno en Suburbia, al que arrastré a mi hermana a aprender encuadernación reciclada. En ese taller de 2023 nos enseñaron a coser un libro con un cartón de leche, pegamento, hilo, aguja y un e-pub un poco piratilla. Este año, quería tener un detalle con vosotras porque me apetecía. Pero claro, sólo soy una pobre creativa autónoma, así que la gran mayoría de cosas se me iban de presupuesto. Así es como uní ambas ideas y qué suerte la mía, que ya tenía casi todos los materiales para coseros estas libretitas.
¡He aquí tu libreta artesana! Es chiquitita y finita para que puedas llenarla con un nuevo hobbie, hagas listas de la compra o la regales a otra persona como «te he comprado una libreta artesana porque la vi y pensé en ti»… Tampoco te voy a imponer que la utilices, pero te puedo dar alguna pista de lo que voy a hacer yo con la mía.
La muñeca
Claro, pero con la libreta viene otra cosa. Porque a mi cerebro le parecía poquito estar cosiendo con gripe y le daba tiempo a caminar en círculos por mi memoria.
Cuando yo era pequeña, no recuerdo quién, ni cómo, ni cuándo, ni donde, me regalaron una bolsita de muñecas quitapenas. Lo que sí recuerdo es que me dijeron «si le cuentas tus problemas a la muñeca y luego la escondes bajo la almohada, se encargará de resolverlos».

En contra de la creencia popular de que soy muy poco ilusionista (claro que en comparación con mi hermana, es normal), sí recuerdo haber usado estas muñecas. De hecho, debí haberlas escondido extremadamente bien, porque sólo me quedan 4 de las 6 que venían en la bolsita. Sí que tengo un leve recuerdo de haberlas compartido con algún amigo mientras ordenábamos libros en la biblioteca del colegio, pero es una imagen muy difusa como para asegurártelo.
El caso es que siguen conmigo, porque heredando el diógenes congénito, las guardé en una cajita de recuerdos con el resto de cosas que ya no estaba usando pero eran imposibles de tirar. Y mientras intentaba que no se me cayesen las velas de mocos encima del proyecto, pensando en este añito que hemos pasado y en los añitos que nos quedan… a mi cerebro le pareció buena idea introducir un poquitín de magia en el regalo.
Por el tema de no depender únicamente de mi memoria, me puse a leer sobre las muñecas quitapenas. Parece que surgieron de una leyenda maya sobre una princesa llamada Ixmucané. Según la leyenda, el dios del sol le otorgó el don de poder resolver cualquier problema que un ser humano pudiera tener. Las muñecas actúan como intermediarias con la princesa; se les cuenta la preocupación antes de dormir y se colocan bajo la almohada para que la preocupación desaparezca por la mañana.
La idea de que vengan 5 o 6 muñecas juntas, es que no se las sobrecargue con problemas porque hay que dejarlas descansar. Te aconsejo que no la sobre esfuerces, por si acaso. Y de paso, a ti tampoco… que hay que dormir bien.
No sé si las muñecas que faltan en mi bolsita me resolvieron los problemas, pero espero que la muñeca que te he dado, luche para solucionar los tuyos.
¡Felis año! 🎉 A ver qué se me ocurre el año que viene…

